Un cuento mio...
La historia que les contaré ha sido narrada mucho antes de que estas tierras estuviesen colmadas por las moradas de los hombres. Cuando los cipreses, los sauces, los pinos y los olmos cubrían muchos de los terrenos que hoy ya no existen y la húmeda brisa del océano despertaba a las grandes bestias con el amanecer. ¿Cómo llegó lo que sé hasta mi? no lo sé. Pero en la vida de los hombres mortales aquellos cuentos deben ser escritos para que no caigan en el destino de uno mismo.
Cuando los elfos aún descubrían el despertar de las estrellas y su única voz era la música, una bella joven llamada Elbeth, que significaba luna de media noche, se perdió en los bosques que limitaban con su propio reino. No supo cómo entró y tampoco deseo saberlo. Digamos que sencillamente anduvo por ahí, dejando que sus pies caminaran al libre albedrío.
Fue así que entre los troncos de aquel lugar virgen, un silencioso jovenzuelo de ojos almendra y ropa extrajera se le interpuso. Elbeth, nada acostumbrada a las apariciones, tuvo miedo y en su mudo espanto, la inesperada visita se le acerco sin cautela.
- ¿No te ha dicho tu padre que estas son tierras ajenas?
- No. El Rey, mi padre, no me dijo nunca que este bosque fuese de alguien más.
- Pues ahora lo sabes y deberás marcharte cuanto antes, sino quieres terminar bajo el encanto de quienes habitan aquí.
- ¿Y tú quién eres para decirme esto?- Preguntó Elbeth con el valor de una muchacha consentida- Debo aceptar que me asustaste, pero ahora tú eres quien debe preocuparse por atreverte a echar de un bosque cercano a la única hija del Rey.
Pero las intrépidas palabras de Elbeth, más allá de intimidar al muchacho, lo hicieron llenarse de curiosidad, de interés sobre la vida libre de los hombres. Lamentablemente él sabía muy bien que su labor se limitaba a echar fuera a todo aquel que pisara el bosque.
- Sé quién eres y conozco a tu padre, el Rey. Pero debes salir de aquí antes de que se den cuenta.- dijo con los ojos asustados- Este es el bosque de los ellos. Vete antes de que caigas en su suerte.
- De qué rayos hablas, vámonos de aquí. –contestó ella-Te mostraré el palacio y comerás en mi mesa, pues entiendo tu cuidado y pocos se atreven a hacerlo.
Las sombras se hacían cada vez más largar en el bosque y el viento agitado avisaba la llega de la noche.
- ¡No!, no podría. Aunque mi corazón lo anhele, yo ya no pertenezco a ustedes.
- Qué cosas dices…
- Ellos, los elfos, me encantaron hace ya muchos años y de mi vida ya casi no recuerdo nada. Ahora soy un siervo de sus voluntades y no me preguntes mi nombre porque solo ellos saben nombrarlo.
Elbeth se lleno de verdadero espanto, claro que sabía de los elfos del bosque y muchas veces se le había advertido que tuviese cuidado.
- Vámonos ahora, escápate conmigo, hablemos con mi padre y que él te proteja porque sin duda alguna tú eres de donde yo vengo.
- Nada de eso valdría la pena, yo regresaría bajo el poder de sus encantos.- dijo el joven antes de animarse a decir la única alternativa que tenía.- Solo hay una forma que me puede librar de ellos pero tiene que ser hoy mismo y contigo.
- Dime qué puedo hacer por ti.
El joven contó que aquella noche de luna llena los elfos celebrarían una fiesta por el cambio de estación y su reina pasaría en desfile por un camino cercano. Elbeth tenía que pasar cerca a la procesión y lograr que la Reina elfa la mirase a los ojos. Cuando eso sucediera le pediría la libertad del muchacho sin necesidad de mencionarlo, pues la Reina, como él contó, sabía todo de antemano.
El peligro vendría después. El muchacho le advirtió que se enfrentaría a las peores torturas de ilusión y hechizo, si lograba mantenerse fuerte después de eso él recuperaría su libertad en el acto.
- ¿Cómo sabré que son ellos?- preguntó la dama.
- Estarán en caballos y yo te guiaré hasta que los veas claramente, pero solo tú podrás acercarte.
Caminaron así entre las copas oscuras del bosque y en menos de lo que Elbeth pensó se detuvieron detrás de unos arbustos densos y espinosos. Delante de ellos, a unos pocos metros, se abría un camino iluminado por la luna filtrada entre las hojas más altas de los árboles y allí esperaron.
- Algo más- dijo el joven con la mirada esperanzada- pide que te dé mi verdadero nombre y que me devuelva la memoria perdida.
El aire trajo entre sus soplos voces que muy pocos hombres han escuchado: cantos alegres y antiguos, de notas dulces y tristes. Enseguida se dibujaron siluetas entre las sombras y caballos blancos entraron por el camino a paso lento y solemne. Los seres que los montaban tenían mantos que brillaban con luz propia, coronados de vegetación tenían la apariencia de provenir de un mundo distinto y ajeno.
La fila cubrió la ruta y Elbeth la vio entonces. Una doncella joven y antigua como el mismo bosque, con el cuerpo cubierto por un manto de nieblas producto de las magias y el azul de la luna.
- ¡Ella es, anda!- dijo él.
Elbeth salió del escondite envuelta en verdaderos nervios y corrió hacia los elfos contagiada de esperanza, pero ninguno de ellos giró su rostro hacia ella. Entre la música oyó una voz que hablaba su lengua y entonces supo que no debía creer más en sus ojos.
- Mujer de pocos días ¿Cómo osas a mirarnos? Mejor es que rindas tributo al otoño, pues hoy viene a quedarse.
- Quiero hablar con la reina
- Ella es quien te habla.
De pronto dos elfos cercanos sacaron sus arcos y sus flechas se incrustaron sus piernas, pero Elbeth siguió caminando hacia la reina.
- No te lo daré, vete con tu padre antes que me arrepienta.- dijo la voz entre los cantos.
Y siete serpientes negras bajaron de los árboles para detenerle el paso.
- Dama del bosque, déjame verte - contestó Elbeth- libera a este hombre y devuelve su nombre.
El caballo de la Reina pasó entonces justo a su lado y el Elbeth pudo ver al fin su rostro pálido y de ojos verdes vivo. Entonces las entrañas de su corazón padecieron dolor y cayó arrodillada ante el caballo. Cuando no supo que más hacer a causa de los delirios de su sufrimiento oyó la voz del joven.
- Oh bella Elbeth, mi nombre es Beren. Los elfos siempre negocian la libertad de los hombres. Cuando alguien pise los linderos de este bosque haz lo que yo hice. Te prometo que contaré de ti hasta el fin de mis días y estaré a tus servicios si alguna vez mis ojos te vuelven a ver.
Publicado por
Camilo Valencia
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